viernes, 29 de enero de 2010

La Patria vista desde dentro

De nuevo viernes.

Ayer en Guatemala 18 concluyó el ciclo de conferencias titulado “La creatividad redistribuida”. Antes de la última ponencia, a eso de las 22 horas decidí volver a casa. Como en los días anteriores me sorprendió la belleza de un Centro histórico que por las noches no adolece de basura en sus banquetas, o de puestos que impidan el paso. Ya no estaba el hombre que cada tarde vi gritar mensajes como: ¡el día está cerca, pronto el reino de Cristo renacerá y todos los pecadores sufrirán, arrepiéntanse de sus pecados, aún hay tiempo!, en su lugar vi grupos de personas bailando al ritmo del tépu. Algunos ataviados con penachos y otros de corbata y camisa, juntos bailaban nietos y abuelos. A pesar de la fría noche, varios de ellos llevaban únicamente pantalón de manta para cubrirse. Me tomé un rato para admirarme del mismo lugar del que horas atrás escapé. Por vez primera contemplé el alumbrado de los edificios que rodean al zócalo como si no fueran parte de esta ciudad. Cuando me dirigía al metro, descubrí que de Palacio Nacional salían soldados marchando, los primeros cuatro llevaban sobre sus manos anuncios de “Alto”, para detener el tráfico mientras los del segundo grupo cruzaban con las manos libres , estos a su vez eran escoltados por el tercer segmento, en el que cada uno cargaba un rifle. Una vez que cruzaron hacia la plancha central, los armados formaron un doble barandal que en línea recta conectaba al asta con la puerta del Palacio, los cuatro de señalización miraban de frente la bandera al tiempo que sus compañeros se ocupaban de tomar sobre sus hombros el rollo tricolor recién formado. Mientras lo hacían, me di cuenta que detrás de mí, tres oficiales vestidos de negro saludaban a la bandera –de hecho eran los únicos en hacerlo- y de vez en cuando, el de en medio tobaba fotos con su celular. Minutos después se acercó a ellos una mujer de avanzada edad y pequeño tamaño, con voz rasposa les dijo: Pa’ que se hacen güeyes, cabrones, y como nadie respondió a tan inteligente pregunta existencial, ella se acercó a la valla de metal que los separaba pronunciando palabras que no entendí. Al ver la imagen de la pequeña gran mujer frente a esos oficiales no pude resistirme a captar el momento, pero sentía que alguien podría sentirse ofendido. Sabía que mi celular emite un chasquido con cada foto y que es imposible quitárselo, por lo que sería imposible pasar inadvertido. Nunca antes dude al tomar una foto, pero al final pensé que valdría la pena ver de nuevo esa imagen. Así que lo hice, las miradas cortantes de los de negro no eran un agradecimiento por enfocarlos y por ninguna razón sonreirían a la cámara, pero por suerte en la segunda foto ya no parecían molestos ni sorprendidos. La mujer siguió su camino directo a la puerta principal de Palacio Nacional, unos hombres de saco la detuvieron estando dentro indicándole que podía sentarse en el escalón aledaño, lo cual hizo. Mientras tanto, los soldados venían de regreso en el mismo orden en que antes salieron, sólo que ahora con la bandera nacional en sus hombros. En medio de la noche, la serpiente tricolor era recibida en hombros en Palacio Nacional. El himen de la Patria era puesto en manos castrenses. Una anciana lo ve todo desde dentro, por eso son sabias sus palabras.

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